El despacho de la Villa di Pietra olía a café amargo y a la electricidad estática de las pantallas que Caelum estaba inclinando sobre la mesa de caoba, sus dedos volando sobre el teclado como si estuviera desactivando una bomba de tiempo.
Dante permanecía de pie, una sombra imponente contra el ventanal que daba a los olivos. Elara, sentada frente a la pantalla principal, sentía el martilleo del pulso en su garganta. El documento suizo de Nicolás era la última cadena que los ataba al pasado.
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