Mundo de ficçãoIniciar sessão"Pensaron que podían destruirme y seguir respirando, olvidando que no existen víctimas, solo personas que aún no han sido corrompidas” Me llamo Rysa Botticelli, y una vez fui la esposa perfecta, sumisa, elegante, una joya dorada para exhibir bajo la protección de una familia podrida. Hasta que, en la noche de mi aniversario, mi esposo, el hombre que amaba, se convirtió en mi verdugo, me miró a los ojos y me sentenció. —Ya no te necesito, tu existencia me estorba, estoy enamorado de otra mujer. —¿Y el hijo en mi vientre? —Jamás fue parte del plan. Morí esa noche, pero el infierno no quiso retenerme, desperté ocho años atrás, misma fecha, mismo error, solo que esta vez no pienso perdonar, esta vez no me arrodillaré, haré que paguen uno por uno. Y justo cuando pensé que podía escapar del monstruo que arruinó mi vida, aparece otro peor; Leon Rossetti, hermano menor de Davian. Una bestia sin correa, un hombre cruel y sanguinario que destaca en el mundo de la mafia como el más peligroso de los Rossetti. Un mafioso obsesionado conmigo desde el primer maldito segundo. Él no me pide permiso, él me marca, me rompe, me consume y yo dejo que lo haga… porque su oscuridad es el arma perfecta para mi venganza. No me ofrece amor, me ofrece guerra, sin saber que yo tengo sed de su sangre. Así que todos los que me subestimaron deberían rezar, porque esta vez voy a bailar sobre sus ruinas y a gemir en los brazos del demonio que elegí para incendiar el mundo.
Ler maisEl humo se escapa de mis labios como si fuera la última prueba de humanidad que me queda, pero no lo es, nunca lo ha sido. Estoy de pie en este maldito callejón, con los zapatos hundidos en los charcos sucios que vomita la ciudad cuando llueve a cántaros. Sicilia huele a humedad, a pólvora, a historia podrida. A familia, a la mía, a la que yo protejo, por la que yo mato por mantener viva.
Inhalo profundo, el cigarrillo se consume lento, pero yo no. Yo ardo, estoy ardiendo desde hace años.
—Mierda —gruño entre dientes, moviendo el cuello, haciendo crujir los huesos de la tensión acumulada.
Mi mandíbula está tan apretada que me vibra la sien, mi traje, uno de los pocos que me gustaban, está cubierto de sangre. No es mía. No esta vez, observo mis manos… una de ellas sostiene el cigarro, la otra carga con lo que queda de Gabriel Botticelli.
«Te defendiste, bastardo. Lo admito»
La cabeza, porque eso es todo lo que queda de él, todavía sangra por el cuello rebanado. Me mira, aunque no puede, sus ojos, abiertos, congelados en una expresión de incredulidad, me llenan de satisfacción, nadie creería que terminaría así. Nadie imagina el final, hasta que lo tienen enfrente.
Me agacho, dejo caer la colilla en el charco. El agua hierve alrededor por un segundo y pisoteo la brasa con fuerza. Ya no hay vuelta atrás, empiezo a caminar, lento, con pasos que suenan huecos en la noche, el callejón parece abrirse a mi paso como si incluso la ciudad supiera quién soy.
El cazador.
El monstruo.
El capo.
Gabriel tardó demasiado en morir, tenía agallas, el hijo de perra. Me clavó un cuchillo en el costado, rompió una botella y trató de rajarme la cara, pero eso no importa, estoy vivo. Él no. Y ahora su cabeza pesa en mi mano como el recordatorio perfecto de lo que pasa cuando alguien intenta desafiar a los Rossetti.
La Famiglia no es una empresa, es una religión, una herejía de sangre, de pactos sellados con cadáveres, de lealtades que se prueban solo cuando se tiñen de rojo. A veces me pregunto qué se siente ser normal, tener veintidós años y estar en la universidad, emborrachándome con amigos, preocupándome por exámenes, citas, la maldita renta, pero luego recuerdo que los normales mueren. Los débiles fracasan. Los tontos se arrastran, tengo veintinueve, pero la mente y la responsabilidad de alguien que ya lleva el peso del mundo de la mafia italiana a cuestas.
Yo, a diferencia de ellos, cargo con el legado de una dinastía construida sobre huesos, pólvora y miedo. Soy Leon Rossetti, y me enseñaron desde los seis años a ver la muerte a los ojos sin pestañear, a escuchar el llanto sin sentir compasión, a distinguir el amor del control, a convertir el dolor en obediencia, a no pedir perdón. Nunca.
La lluvia golpea mi rostro, fría, insistente. Pero no lava nada. Nada se limpia en este mundo, todo se acumula, el pecado, la culpa, la sangre. Y yo la llevo toda encima como una segunda piel. Algunos creen que la mafia es solo una red de negocios turbios, que los trajes caros y las cenas en restaurantes de lujo lo hacen todo elegante. Que somos leyendas pasadas. Pero la verdad… la verdad es que somos dioses.
Crueles.
Impulsivos.
Insaciables.
Con la vida de los demás en nuestras manos como si fueran simples fichas de ajedrez. Me detengo al final del callejón, un perro callejero huye al verme, el viento arrastra un periódico manchado, el mundo sigue girando. Y Gabriel Botticelli sigue muerto, levanto la cabeza, y ahí, bajo la lluvia, sonrío, no porque esté feliz, no porque haya justicia. Sino, porque en mi mente enferma y rota, esto es lo correcto. Es lo que se tenía que hacer.
—Subestimaste a la familia, Gabriel —susurro, observando su rostro muerto—. Subestimaste al lobo y te metiste en la madriguera creyendo que eras el cazador.
La mafia no perdona, no olvida, no duerme. Y yo soy su voz, su cuchillo, su sombra.
Respiro hondo una vez más, siento el peso del mundo sobre mis hombros, y me da igual, fui criado para soportarlo, nadie me regaló este trono, lo construí con cadáveres, lo consolidé con balas y si tengo que arrasar media Sicilia para proteger mi apellido, lo haré sin pestañear.
—¿Sabes, Gabriel? —digo, girando levemente la cabeza hacia él, al tiempo que una sonrisa cruel se dibuja lentamente en mis labios—. Tal vez le envíe tu cabeza a tú querida hermana. Como regalo de aniversario, dicen que es tan sentimental últimamente… ella es la siguiente en la lista.
Camino, alejándome del callejón, dejando brotar desde lo profundo de mi garganta, una risa hueca, seca, como una carcajada sin alma, una risa que no tiene gracia, pero tiene veneno. Una risa que anuncia el fin, porque yo soy Leon Rossetti.
El capo.
El cazador.
El líder.
Y nadie… Nadie podrá contra mí.
RYSANo puede ser real.Me duele el orgullo más que el cuerpo. El mareo persiste, las punzadas en mi cabeza son constantes, ese tipo me dañó, casi me viola, esta es una de las razones por las que le pedí a Gab que me enseñara defensa personal. Ahora veo con ojos claros el mundo que antes ignoraba, veo a las personas por lo que son, y puedo apostar a sus verdaderas intenciones. Remojo mis labios con parsimonia, el hombre que maneja a mi lado, parece sacado de un cuento de terror diferente al que me arrojaron y él me sometió.Davian Rossetti, el mismo que fue mi marido, el mismo que nunca me regaló una mirada por más de cinco segundos, el mismo que solo me follaba porque era su deber, no su placer o deseo. Aquel que me ató a un mundo en el que no se me permitía nada, incluso respirar era una deuda que tenía con él. Pero, sobre todo, el hombre que mantenía una relación secreta con mi doncella; Bella, ambos me mataron, bueno, una lo intentó, el otro lo logró.Por instinto, desciendo mi mi
RYSANo sé si reírme o llorar, puede que las dos al mismo tiempo, porque lo que acaba de salir de la boca del Capo más temible de la historia en Italia, es irreal, siniestro y poco creíble. Sus malditos dientes se clavan en mi piel como pequeños alfileres, duele, contengo el aliento, se aparta aflojando su agarre. Por un segundo le sostengo la mirada, tratando de ver a través de la barrera que pone con todos, no hay nada, solo un rostro ilegible.—No hablarás en serio —las palabras brotan de mi garganta, seseantes.—La mafia no es una broma, Rysa —su voz es más ronca de lo normal.Levanto el mentón con altanería, una que apenas florece.—Lo tengo claro, pero lo que acabo de decir, lo es, espero que un hombre como tú no se haya tomado en serio palabras sin sentido, estoy aburrida —suelto con ironía, no soy idiota, él me mira como a un bicho que muere por aplastar con la suela de su zapato.Conozco a los hombres como él, porque los vi por muchos años en reuniones a las que Davian me obl
LEONLa escena me congela apenas entro al pasillo y veo lo que ya imaginaba. Davian tiene las manos sobre el cuerpo de Rysa Botticelli, su boca devora la de ella con una desesperación que no le es propia. No porque no se sienta capaz, sino porque jamás ha perdido el control frente a nadie. Hasta ahora.Me detengo en seco, a pocos pasos, con el mentón ligeramente elevado. Mis ojos grises se enfocan primero en la silueta de mi hermano, alta, elegante, con ese maldito porte encantador que tanto les gusta a las víboras. Luego desvío la mirada a ella. Rysa.El vestido oscuro se le pega a la piel como una segunda capa, moldeando sus curvas con una precisión obscena. Su respiración está agitada, tiene los labios rojos, hinchados, mojados, el cabello castaño le cae como un río por los hombros, despeinado, desordenado. La inocencia de su rostro contrasta con la imagen que acaba de ofrecer. Puedo oler su nerviosismo desde aquí. Y también el rastro de deseo.«Hermano idiota» pienso. Es una niña,
RYSAEl aire nocturno de Sicilia está cargado de sal, azufre y traición. Bajo del auto con lentitud, sintiendo el calor aún tibio del motor vibrar bajo mis tacones. Mis dedos envuelven la manija de la puerta con una calma estudiada, y al cerrar, el golpe seco del metal parece sellar un destino que ya había sido firmado tiempo atrás. Gabriel desciende del otro lado, con los ojos como puñales helados, las manos crispadas en puños, la mandíbula trabada. Está molesto. No, furioso.—Rysa… —Gruñe apenas en un tono bajo—. Esto es una jodida locura.—No seas exagerado, hermano —respondo con una sonrisa suave, bordeada de hielo.Ante nosotros, la mansión Rossetti se alza como una herida abierta sobre el paisaje italiano. Es una estructura barroca, de piedra clara, con columnas de mármol que se alzan como pilares de poder. La herrería de los balcones está ornamentada con hojas de vid y gárgolas talladas, incluyendo una fuente en forma de león que escupe agua en un estanque de mármol oscuro. Tod





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