El sol de la Toscana no solo calentaba la piedra de la Villa di Pietra, parecía purificarla. Cinco años habían pasado desde que el rastro de pólvora y las identidades falsas quedaron sepultadas bajo los olivos.
En la capilla privada de la villa, el agua bendita resbalaba por las frentes de dos niños que eran el vivo retrato de un milagro imposible. Vittorio Pace y Liberta Valenti no lloraban, observaban el mundo con los ojos cargados de una herencia que ya no era una maldición.
Dante De Luca pe