El gran salón de la mansión Valenti ya no olía a miedo ni a sangre estancada. Ahora, el aire portaba el aroma del café recién hecho, el cuero de las carpetas nuevas y un perfume sutil que Elara reconocería en el fin del mundo.
Dante estaba sentado a la cabecera de la mesa de caoba, pero no como un tirano. Elara ocupaba el lugar a su derecha, su presencia no era un adorno, sino un pilar. Frente a ellos, los pocos hombres que habían sobrevivido a la purga de los Leone y los ejecutivos financieros