Elara yacía inmóvil sobre las sábanas de hilo, forzando a sus pulmones a una cadencia lenta y pesada. El monitor cardíaco emitía un pitido rítmico, una mentira que ella controlaba con cada exhalación.
— Déjenla — ordenó una voz ronca tras la puerta — La sedación está haciendo efecto. Necesita descanso absoluto si queremos que esos cachorros sobrevivan al parto.
Los pasos de los médicos se alejaron, seguidos por el clic metálico del cierre de seguridad. Elara abrió los ojos. El techo blanco de l