El silencio en la suite principal de la mansión Valenti ya no era el preludio de una tormenta, sino el manto de una tregua sagrada. Elara observó a Dante desde la cama. Él estaba de espaldas, su figura recortada contra la luz de la luna que se filtraba por el balcón. Las cicatrices de sus hombros, marcas de una vida de violencia, parecían suavizarse bajo la penumbra.
Ya no había urgencia por huir. Ya no había armas sobre la mesilla de noche, solo el monitor de los bebés que emitía un suave sise