El charco cálido bajo sus muslos no era agua, era una sentencia. Elara se arrastró por la alfombra, dejando un rastro oscuro sobre el tejido costoso, mientras sus uñas se enterraban en la madera del suelo en busca de un anclaje contra la agonía.
Cada espasmo de su útero era un hachazo que le robaba el aire, una contracción tan violenta que sentía que su cuerpo intentaba expulsar su futuro antes de tiempo.
— Dante… — el nombre fue un gemido ahogado, una súplica lanzada al vacío de un ático que o