La oscuridad del campo francés era una boca de lobo devorando los restos del Cessna. Dante caminaba arrastrando los pies, su mano aferrada a la de Elara con una fuerza que amenazaba con romperle los huesos.
El metal de la aeronave aún crujía a sus espaldas, un eco fúnebre bajo la llovizna que empezaba a caer.
— No podemos quedarnos aquí, Dante. La explosión atraerá a los gendarmes en minutos —susurró Elara, el frío calándole hasta el alma — Lyon está a menos de una hora, pero a pie estamos muer