El estruendo de la puerta blindada siendo golpeada por un ariete vibró en los dientes de Elara. Dante, con el rostro salpicado de la sangre aún caliente del doctor Moretti, la levantó del suelo con una brusquedad desesperada que casi le corta la respiración.
El impacto de la realidad era un mazo, el médico estaba muerto, el pasillo era una carnicería y ellos estaban marcados con una cruz invisible en la frente.
— ¡Muévete, Elara! ¡Si te quedas aquí, te convertirás en su trofeo y en la tumba de