El sol de la mañana en Calabria no pedía permiso; irrumpía con una intensidad dorada que bañaba los viñedos y hacía brillar el rocío sobre el césped inmaculado de la mansión. El aire olía a café recién hecho, a tierra húmeda y a esa fragancia particular de los jazmines que rodeaban la terraza trasera.
Era un contraste casi doloroso con la oscuridad de la noche anterior.
En el jardín principal, bajo la sombra de una pérgola cubierta de enredaderas, el desayuno se servía con una normalidad fingid