Mientras en la mansion Moretti finalmente todos dormian, a kilometros de allí...
El sonido del metal cayendo sobre una bandeja de acero inoxidable resonó en la habitación esterilizada, seguido de un grito que desgarró la garganta de Rebeca.
—¡Maldita sea! ¡Ten más cuidado, imbécil! —chilló ella, con el rostro empapado en sudor frío y lágrimas de rabia.
Estaban en la enfermería privada del megayate de Kerem, navegando en aguas internacionales, lejos de la jurisdicción italiana. Un médico privad