Mientras en la mansion Moretti finalmente todos dormian, a kilometros de allí...
El sonido del metal cayendo sobre una bandeja de acero inoxidable resonó en la habitación esterilizada, seguido de un grito que desgarró la garganta de Rebeca.
—¡Maldita sea! ¡Ten más cuidado, imbécil! —chilló ella, con el rostro empapado en sudor frío y lágrimas de rabia.
Estaban en la enfermería privada del megayate de Kerem, navegando en aguas internacionales, lejos de la jurisdicción italiana. Un médico privado, con las manos enguantadas en látex manchado de sangre, intentaba mantener la calma mientras suturaba la carne destrozada del hombro de Rebeca.
—La bala rompió la clavícula y rozó la arteria, señora —dijo el médico con voz temblorosa—. Necesita quedarse quieta o el sangrado no parará.
—¡No me digas qué hacer! —bramó Rebeca, intentando incorporarse, pero el dolor la devolvió a la camilla con un jadeo agónico—. ¡Esa perra… esa maldita perra me disparó! ¡Me marcó como a ganado!
Desde la esquina d