El regreso desde la pista privada a la mansión principal de la familia Moretti fue en silencio, no tuvo fanfarrias ni celebraciones. Fue un retorno marcado por la gravedad de quienes saben que han sobrevivido a una batalla, pero que la guerra apenas está mostrando sus colmillos.
Las ruedas de las camionetas blindadas crujieron con pesadez sobre la grava del extenso camino de entrada, rompiendo el silencio sepulcral de la noche calabresa. El viento soplaba fuerte desde el este, agitando los cipreses que flanqueaban el camino como centinelas oscuros, trayendo consigo el aroma a tierra húmeda y tormenta inminente.
Salvatore bajó del vehículo antes de que el motor se apagara por completo. En su mano derecha, apretaba el teléfono satelital encriptado como si fuera la única línea de vida que les quedaba. No esperó a que los guardias abrieran las puertas dobles; la amenaza contra Isabella era una bomba de tiempo tictaqueando en su cabeza, y él no pensaba dejar que el cronómetro siguiera corr