El zumbido constante de las turbinas del jet privado era el único sonido que se atrevía a romper el silencio opresivo de la cabina. A treinta mil pies de altura, sobre un mar Tirreno que se había tragado sus secretos y a sus enemigos, Alessandra Moretti miraba por la ventanilla. Pero no veía las nubes teñidas de púrpura por el atardecer que moría; veía una y otra vez la imagen de Rebeca cayendo en esa lancha, y sobre todo, escuchaba la amenaza del mercenario árabe.
"Dile a la reina mayor que vamos por ella".
La frase rebotaba en su cráneo como una bala perdida.
Salvatore estaba sentado frente a ella, en uno de los sillones de cuero crema. Se había quitado el chaleco táctico, dejándolo descuidadamente sobre el asiento contiguo, pero no se había relajado. Un Lombardi nunca se relajaba del todo, y menos cuando el olor a pólvora aún estaba impregnado en sus ropas.
Él la observaba. Sus ojos grises, esos que podían helar la sangre de sus enemigos, recorrían el rostro de la mujer que amaba b