El aterrizaje en una pista privada clandestina fue rápido. Thiago ya tenía dos camionetas negras esperando. El equipo de asalto, seis hombres de élite leales a muerte a la familia Lombardi, se desplegó sin decir palabra.
—Nick dice que la señal viene de una villa antigua cerca de los acantilados del Capo Vaticano —informó Thiago, revisando su tablet—. Es una fortaleza natural. Solo hay una entrada por tierra. La parte trasera da directo al mar.
—Entonces entraremos por la puerta principal —dijo Salvatore, abriendo la puerta de la camioneta para Alessandra—. Quiero que sepan que llegamos.
El trayecto fue corto. La villa se alzaba sobre el acantilado, rodeada de muros de piedra y buganvillas que ocultaban hombres armados. Pero no lo suficientemente ocultos para el Diablo.
El asalto comenzó con una explosión controlada. Thiago voló el portón de hierro, y el infierno se desató.
Salvatore y Alessandra avanzaron juntos, cubriéndose mutuamente las espaldas con una sincronización que parecía