El motor rugía como un animal herido. Dentro del todoterreno negro, el aire era espeso, saturado del olor metálico del miedo y la adrenalina agria que emanaba de los poros de Francesco. Thiago, en el asiento trasero, afilaba mentalmente cada uno de sus sentidos; sus dedos acariciaban la culata de su arma con un ritmo hipnótico. El chasquido sordo del seguro al ser activado y desactivado era el único tictac en esa caja de metal a toda velocidad.
Salvatore conducía. Sus manos, enormes y pálidas s