El todoterreno frenó con un chirrido violento, levantando una nube de polvo que ocultó por un segundo la casa abandonada. Allí estaba: el sedán negro sin placas, oculto a medias bajo el cobertizo de chapa oxidada.
Las puertas del todoterreno se abrieron antes de que el vehículo se detuviera por completo. Thiago fue el primero en salir, el arma en la mano, moviéndose como un lobo hambriento. Francesco lo cubría por el flanco izquierdo. Salvatore caminó por el centro, con su paso medido, la mirada fija en el auto.
No había rastro de Luca. No había rastro de la pequeña. Solo el chofer.
Estaba intentando cambiar la placa del auto con manos temblorosas cuando Thiago lo embistió como un tren de carga. El hombre apenas tuvo tiempo de gritar antes de que el cañón de la pistola de Thiago se hundiera en su boca, partiéndole los labios.
—¡Ni un puto sonido! —rugió Thiago, arrastrándolo por el cuello de la chaqueta hasta el maletero del todoterreno—. ¡Camina!
El regreso a la mansión fue un borrón