El estallido seco del disparo no se apagó. Se quedó suspendido en el aire cálido de la tarde, vibrando en los tímpanos, mezclándose con el leve zumbido que dejaba en los oídos. Luego, el silencio. No un silencio vacío, sino uno denso, pesado, cargado como la atmósfera antes de un tornado. El humo del arma serpenteaba, una línea gris y perversa que dibujaba el camino entre la mano de Alessandra y lo que había dejado de ser el rostro del señor Conti.
Francesco estaba paralizado. Sus ojos, abierto