El grito de Alessandra no fue solo un sonido. Fue un cataclismo que hizo añicos la realidad. Por un instante que se extendió como goma, nadie se movió. Todos estaban petrificados, procesando la imagen imposible: el cochecito vacío, la manta arrugada, la estrella de plata girando con una calma obscena.
Salvatore fue el primero en romper el hechizo de horror. Su cuerpo, un segundo antes tenso por la furia contenida hacia Elisa, se transformó. No fue un movimiento; fue una explosión de pura voluntad carnal. Cruzó la distancia hasta el cochecito en tres zancadas largas y silenciosas. No tocó la manta. Sus ojos, grises como el acero de un cuchillo recién afilado, escudriñaron el suelo alrededor. Allí, casi invisible entre la hierba bien recortada, había una huella. No era la suela de un zapato caro. Era la marca distintiva, ligeramente desgastada en el tacón, de la bota táctica estándar que él mismo había autorizado para el nuevo personal de seguridad contratado en Sicilia antes del bautiz