El grito de Alessandra no fue solo un sonido. Fue un cataclismo que hizo añicos la realidad. Por un instante que se extendió como goma, nadie se movió. Todos estaban petrificados, procesando la imagen imposible: el cochecito vacío, la manta arrugada, la estrella de plata girando con una calma obscena.
Salvatore fue el primero en romper el hechizo de horror. Su cuerpo, un segundo antes tenso por la furia contenida hacia Elisa, se transformó. No fue un movimiento; fue una explosión de pura volunt