La mañana en la mansión Moretti había comenzado con la apacible rutina del desayuno en el comedor. Los niños, bajo la atenta mirada de Hillary y la discreta presencia de Anita, comían en relativa calma. Salvatore y Alessandra, en un extremo de la mesa, repasaban agendas en un silencio cómplice, mientras Francesco revisaba el periódico con el ceño ligeramente fruncido por alguna noticia económica.
Thiago, cumpliendo su vigilancia, observaba desde la ventana del comedor hacia el jardín sur. Su mirada se enfocó de repente. Allí, semioculto tras un ciprés, el señor Conti hablaba por teléfono. No era el tono profesional de un abogado; su postura era rígida, su gesto, furtivo. Thiago no pudo escuchar las palabras, pero la actitud era suficiente. Tomó mentalmente nota. ‹‹La víbora seguía moviéndose.››
Después del desayuno, el grupo se dispersó. Hillary sacó a la pequeña Gaby en su cochecito al jardín norte, un área soleada y protegida por una pérgola cubierta de glicinas. Sara y Gabrielle la