El viaje desde el penthouse de la Quinta Avenida hasta la residencia en Manhattan fue silencioso. Carter conducía con la mirada alerta, escudriñando cada calle, cada reflejo. Reconoció el edificio incluso antes de que Isabella diera la dirección exacta: un edificio elegante y discreto donde Nick había vivido durante años.
—¿Estás segura, Isa? —preguntó Carter, mirándola por el retrovisor.
—No —respondió Isabella, con honestidad brutal—. Pero es lo único que tiene sentido ahora.
Las maletas fueron llevadas por el portero, un hombre mayor que los reconoció de inmediato, pero que tuvo la discreción de no decir nada más que un “Bienvenidos de vuelta, señora Walton”.
Señora Walton. El título resonó en Isabella como el eco de una vida paralela que pudo haber sido.
La puerta del apartamento se abrió con un suave clic. El interior estaba bañado por la luz dorada del atardecer que entraba por los grandes ventanales, iluminando motas de polvo que danzaban en el aire como recuerdos materializado