Isabella condujo sin rumbo durante más de una hora, las palabras de Chiara resonando en su mente como campanas funerarias. «¿Por qué no desapareces de nuestras vidas, Isabella?». Cada repetición era un nuevo golpe.
Finalmente, llegó a un mirador abandonado con vista al mar Jónico. Apagó el motor y bajó del auto. El viento salado le azotó el rostro, llevándose consigo las lágrimas que por fin se atrevieron a caer.
No lloraba como la heredera Moretti, ni como la esposa traicionada, ni como la reina de Calabria. Lloraba como Isabella, la mujer que había cargado con todo el peso del apellido por demasiado tiempo.
Sacó su teléfono. Sus dedos temblaron un instante antes de marcar.
—Carter —dijo cuando él contestó—. Prepara el jet. Vamos a Nueva York. Solo los niños y yo. Marco, Alessandro y Fiorella.
—¿Reina? —la voz de Carter revelaba su sorpresa—. ¿Por cuánto tiempo?
—No lo sé. Lo suficiente. Reserva el penthouse de la Quinta Avenida. Y, Carter… que sea discreto.
—Entendido. ¿Arthur, Gior