Isabella condujo sin rumbo durante más de una hora, las palabras de Chiara resonando en su mente como campanas funerarias. «¿Por qué no desapareces de nuestras vidas, Isabella?». Cada repetición era un nuevo golpe.
Finalmente, llegó a un mirador abandonado con vista al mar Jónico. Apagó el motor y bajó del auto. El viento salado le azotó el rostro, llevándose consigo las lágrimas que por fin se atrevieron a caer.
No lloraba como la heredera Moretti, ni como la esposa traicionada, ni como la rei