En la pista de baile, Alessandra reía, genuinamente, mientras Max la giraba y la atraía de vuelta. Una punzada de fuego primitivo le recorrió las venas. Salvatore, aún sentado, apretó la mano hasta que los nudillos palidecieron.
—Este desgraciado ha venido a tocarle la puerta al diablo —murmuró, su voz un susurro cargado de promesas violentas—. Y va a verlo salir.
En la pista, el ambiente alrededor de Max y Alessandra se había vuelto eléctrico. Sus cuerpos se movían en un diálogo antiguo, peligroso.
—¿Qué te trajo de regreso a Calabria? —preguntó Alessandra, esquivando un giro muy cercano—. Pensé que seguirías en Sicilia.
—Sigo en Sicilia —respondió Max; su mano en su cintura era firme, familiar—. Solo vine para celebrar mañana el cumpleaños de mi madre. Si no venía, ¿quién la aguanta? Por cierto, deberías venir a la fiesta.
Alessandra negó con la cabeza, aunque su sonrisa no se desvaneció del todo.
—Tu madre me odia, Max. Y yo no tengo la misma paciencia de años atrás.
—Vamos, ella h