El amanecer llegó a Calabria con una luz pálida que limpiaba las sombras de la noche, pero no las que habitaban en los corazones de quienes dormían o no dormían en la mansión Moretti.
Salvatore no había dormido. Estaba en el estudio, con la luz de la pantalla del ordenador iluminando su rostro grave. Sobre la mesa, un expediente abierto: Maximiliano Revetti, fotógrafo profesional. No era un mafioso, no era un hombre de negocios poderoso. Era un amante de los viajes, un artista con contactos en la alta sociedad, cuya fama dependía de acceder a eventos exclusivos y retratar a personas influyentes.
A las 6:03 a.m., Salvatore hizo la primera llamada.
—Luca, soy Lombardi. El contrato que tenías con Revetti para el reportaje de la boda de tu hija en Taormina: cancélalo. Te recomendaré a otro fotógrafo. Uno mejor.
A las 6:17 a.m., la segunda.
—Contessa Valenti. Salvatore Lombardi. Me han dicho que Revetti cubrirá su subasta benéfica en Palermo. Lamento decirle que he recibido información sob