El amanecer llegó a Calabria con una luz pálida que limpiaba las sombras de la noche, pero no las que habitaban en los corazones de quienes dormían o no dormían en la mansión Moretti.
Salvatore no había dormido. Estaba en el estudio, con la luz de la pantalla del ordenador iluminando su rostro grave. Sobre la mesa, un expediente abierto: Maximiliano Revetti, fotógrafo profesional. No era un mafioso, no era un hombre de negocios poderoso. Era un amante de los viajes, un artista con contactos en