El nuevo día amaneció con la rutina reconstruida de la mansión Moretti. Los niños, con sus mochilas nuevas y uniformes impecables, desayunaron apresuradamente antes de que Carter y Arthur los llevaran al colegio. Sara, aún sin matricular pero con ropa nueva, observaba con cierta nostalgia el ritual que le era ajeno.
—Pronto irás con ellos —le susurró Isabella, notando su mirada—. Solo necesitamos unos trámites.
Luego, Isabella y Charly partieron hacia la constructora, sumergiéndose en planos y presupuestos, en el mundo concreto del cemento y el acero que tan bien entendían. Era su refugio, un espacio donde los problemas se medían en metros cúbicos y no en traiciones emocionales.
Salvatore y Alessandra se quedaron con Gabriela, Gabrielle y Sara. La bebé dormía en su moisés en el estudio, mientras ellos revisaban documentos de negocios. Las horas avanzaban con rapidez; la luz de la tarde entraba por los ventanales, iluminando los papeles esparcidos sobre el escritorio de roble macizo.
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