La mañana llegó con una luz deliberada, como si el sol mismo hubiera sido contratado para iluminar perfectamente el escenario. La biblioteca de la mansión Moretti, normalmente un santuario de silencio y madera pulida, se había transformado en un estudio de televisión de alto nivel. Pero no había cables visibles ni equipos toscos: todo estaba camuflado entre los estantes de libros, las mesas de roble y los retratos familiares.
Isabella descendió por la escalera principal vestida de un color que no era negro ni blanco, sino un azul noche profundo: el color de la calma antes de la tormenta, del mar en reposo que oculta corrientes mortales. Su vestido era sencillo en corte, pero la tela caía como agua, y el único adorno eran unos pendientes de diamantes que capturaban la luz y la devolvían como pequeños faros de desafío.
En la base de la escalera, Hillary la esperaba. Llevaba un traje pantalón gris perla, y su tablet estaba apagada bajo el brazo.
—Lista —dijo Hillary, no como pregunta, si