La mañana llegó con una luz deliberada, como si el sol mismo hubiera sido contratado para iluminar perfectamente el escenario. La biblioteca de la mansión Moretti, normalmente un santuario de silencio y madera pulida, se había transformado en un estudio de televisión de alto nivel. Pero no había cables visibles ni equipos toscos: todo estaba camuflado entre los estantes de libros, las mesas de roble y los retratos familiares.
Isabella descendió por la escalera principal vestida de un color que