Tres días.
Ese fue el tiempo que tardó el mundo en cambiar de opinión.
No por arrepentimiento, sino porque la atención es un recurso finito, y las redes sociales son como el mar: una ola gigante es seguida por la calma, no por sabiduría, sino por aburrimiento.
En la mansión Moretti, la calma era diferente.
Era una calma ganada, no otorgada. Los titulares habían cambiado. Donde antes gritaban “¿REINA SIN CORAZÓN?”, ahora susurraban “LA MADRE QUE PROTEGIÓ A LOS SUYOS”. Los artículos de opinión analizaban no el escándalo, sino la estrategia de comunicación impecable. Los mismos periódicos que la habían atacado ahora elogiaban su “dignidad inquebrantable”.
Isabella lo sabía. No se engañaba. Sabía que el monstruo de muchas cabezas solo había girado la mirada, no la había perdonado. Pero era suficiente. Por ahora.
En la biblioteca, ahora vacía de equipos técnicos y devuelta a su silencio sagrado, Hillary cerraba su maletín.
Su trabajo allí había terminado. O, al menos, la fase d