El rugido del Audi R8 cortó el silencio sagrado de la entrada principal de la mansión Moretti como un anuncio de guerra moderna. No era el sonido discreto de un vehículo de seguridad ni la llegada ceremoniosa de un aliado conocido. Era una declaración de presencia.
Dentro del salón, todas las cabezas giraron hacia la ventana. Salvatore se enderezó, su mano derecha moviéndose instintivamente hacia donde usualmente cargaba su arma. Thiago y Carter intercambiaron una mirada silenciosa, sus cuerpos tensándose en preparación.
Isabella no se movió. Permaneció de pie frente a la chimenea, como una estatua de sí misma. Pero sus ojos, esos ojos que habían aprendido a leer intenciones en el parpadeo más mínimo, se estrecharon levemente.
Alessandra, junto a ella, dejó escapar un suspiro casi imperceptible.
—Charly —murmuró, como si el nombre explicara la temeridad de la llegada.
Y entonces las puertas se abrieron.
Primero entró Charly. Traía aún la energía eléctrica de la calle, el rostro ligera