La mansión Moretti no la recibió: la absorbió.
Como un organismo vivo que reconocía a su reina herida, pero erguida. Los altos muros de piedra no eran solo decoración; eran cicatrices de batallas pasadas, testigos mudos de generaciones de Moretti que habían aprendido a sangrar en privado para reinar en público.
Isabella apagó el motor del Aston Martin, pero el rugido interno no cesaba. Permaneció inmóvil, las manos aferradas al volante como si fuera el cuello de sus enemigos. Respiró. No el sus