La mansión Moretti no la recibió: la absorbió.
Como un organismo vivo que reconocía a su reina herida, pero erguida. Los altos muros de piedra no eran solo decoración; eran cicatrices de batallas pasadas, testigos mudos de generaciones de Moretti que habían aprendido a sangrar en privado para reinar en público.
Isabella apagó el motor del Aston Martin, pero el rugido interno no cesaba. Permaneció inmóvil, las manos aferradas al volante como si fuera el cuello de sus enemigos. Respiró. No el suspiro de la derrotada, sino la inspiración profunda de quien se apresta a entrar en la arena. Cuando exhaló, salió con ella el último vestigio de duda. Lo que bajó del auto no fue solo una mujer: fue un estandarte.
Al cruzar el umbral, el silencio no era vacío. Era expectante. Como si la casa misma contuviera el aliento. Y entonces, el universo se partió en tres cuerpos pequeños que corrieron hacia ella como si el mundo se estuviera cayendo a pedazos.
—¡Mamá!
Marco fue el primero en llegar. Demas