Isabella continuaba parada sin entender lo que ocurría cuando el timbre de la puerta sonó. Sin esperar el protocolo al que estaban acostumbrados corrió hacia la puerta para ser ella quien recibiera la noticia.
La puerta de la Mansión Moretti se abrió como si un huracán hubiera golpeado desde dentro. Isabella, con el corazón latiéndole en la garganta, se encontró con una imagen que su mente, por unos segundos, se negó a procesar.
Allí, en el umbral, bajo la luz tamizada del atardecer, estaba Salvatore Lombardi. Pero no era el Salvatore arrogante e imbatible que todos conocían. Estaba pálido, demacrado, con el rostro marcado por el dolor y la fatiga. Llevaba el brazo en un cabestrillo improvisado y una visible venda asomaba bajo su camisa abierta en el cuello. A su lado, pegado a él como un pequeño espectro avergonzado, estaba Gabrielle, con los ojos hinchados y la ropa manchada de barro y algo más oscuro… ¿sangre?
Detrás de ellos, Thiago y Emiliano, con las caras tensas y los nudillos