Isabella continuaba parada sin entender lo que ocurría cuando el timbre de la puerta sonó. Sin esperar el protocolo al que estaban acostumbrados corrió hacia la puerta para ser ella quien recibiera la noticia.
La puerta de la Mansión Moretti se abrió como si un huracán hubiera golpeado desde dentro. Isabella, con el corazón latiéndole en la garganta, se encontró con una imagen que su mente, por unos segundos, se negó a procesar.
Allí, en el umbral, bajo la luz tamizada del atardecer, estaba Sal