El silencio en la habitación principal de la Mansión Moretti era tan denso que podía cortarse con el filo de una mirada. Solo el golpe de los pasos sobre el piso de mármol bajo los pies nerviosos de Lucas, él fiel mayordomo de los Moretti, rompía la quietud mientras llevaba una bandeja con agua, gasas y antiséptico. El doctor Giacomelli, un hombre de edad avanzada y lealtad de años de amistad con los Rossi - Moretti, trabajaba con manos expertas sobre el costado de Salvatore. El aire olía a alcohol, a sangre seca y a la tensión de preguntas sin respuesta.
Salvatore, recostado sobre almohadas de lino, apretaba los dientes. Cada toque del médico en la herida, un surco profundo y enrojecido que atravesaba su músculo oblicuo, le enviaba una descarga de dolor nítido y caliente. Pero sus ojos, grises y febriles, no estaban en el techo. Estaban fijos en la puerta entreabierta del baño contiguo, de donde salía el sonido del agua corriendo y el vapor perfumado con jabón de cedro.
Dentro, Aless