El aire de la habitación privada del hospital olía a antiséptico y a mentira. Un olor agrio que se le antojaba a Salvatore el perfume de la traición. Desde la cama, con los ojos entrecerrados y el costado latiendo con un dolor sordo y persistente, observaba a Gabrielle. El niño se había dormido en un incómodo sillón junto a la ventana, exhausto por el llanto y la culpa. La luz de la luna, pálida y fría, le bañaba el rostro, acentuando su juventud, su fragilidad y su parecido con él. En sueños,