El puerto olía a salitre, hierro oxidado y mentiras. Salvatore estacionó el auto en un muelle secundario, un lugar desolado donde solo el golpe de las olas contra los pilotes rompía el silencio. La brisa marina agitaba el cabello de Gabrielle, quien permanecía inmóvil, mirando fijamente las aguas grises.
— ¿Qué te parece, pequeño? Los barcos tienen historias, igual que las personas —comentó Salvatore, saliendo del vehículo. Su voz era tranquila, pero sus instintos, afilados por décadas de guerra, ya empezaban a alertarlo. El lugar estaba demasiado vacío. Demasiado silencioso.
Gabrielle no respondió. Sus pequeños nudillos estaban blancos de tanto apretar los puños dentro de los bolsillos de su abrigo.
—Papá… —la palabra salió de sus labios como un susurro ronco, extraño, una palabra que no había usado en sus cortos años—. Tenemos que irnos.
Salvatore se giró, y en los ojos grises de su hijo vio el reflejo del pánico. Y entonces lo entendió todo. No fue un rapto de intuición, sino el fr