El puerto olía a salitre, hierro oxidado y mentiras. Salvatore estacionó el auto en un muelle secundario, un lugar desolado donde solo el golpe de las olas contra los pilotes rompía el silencio. La brisa marina agitaba el cabello de Gabrielle, quien permanecía inmóvil, mirando fijamente las aguas grises.
— ¿Qué te parece, pequeño? Los barcos tienen historias, igual que las personas —comentó Salvatore, saliendo del vehículo. Su voz era tranquila, pero sus instintos, afilados por décadas de guerr