El hospital privado de los Lombardi se había sumido en una calma artificial, esa quietud tensa que precede a las ejecuciones. Thiago regresó apenas una hora después, sus pasos resonando en el pasillo con la urgencia de quien lleva consigo el peso de una guerra. En sus manos cargaba dos maletas de cuero negro: ropa limpia, una armadura nueva para los soldados que habían sido bañados en la sangre de su propia estirpe.
—Vístanse —dijo Thiago, entregándoles las llaves de dos suites privadas de la c