La propiedad privada de Emiliano en las afueras del complejo parecía haber sido transformada por arte de magia en una auténtica hacienda mexicana de gala. Hileras de luces cálidas colgaban de los árboles centenarios, iluminando un patio empedrado donde los colores de los agaves resaltaban bajo la noche estrellada. Al fondo, un imponente grupo de mariachis, impecablemente vestidos con trajes de charro negros con botonadura de plata y sombreros de gala traídos directamente de Sahuayo, afinaban su