Después de contemplar aquellos imponentes atardeceres dorados, la pareja regresó a la propiedad para recoger las maletas y salir de inmediato hacia el aeropuerto, donde ya los esperaba el jet privado. El trayecto al aeropuerto fue un borrón de luces que se desvanecían a través de los cristales blindados, marcando el final de su burbuja de aislamiento. Salvatore y Alessandra abordaron con melancolía la aeronave; el avión se posicionó en la pista y, minutos después, despegó con un rugido potente,