El trayecto hacia la fortaleza fue un viaje al corazón de la oscuridad. Al llegar a La Fosa, el frío húmedo los recibió como un viejo amigo. El olor a ozono, sangre vieja y el rastro acre de la carne quemada que Thiago había dejado antes seguía suspendido en el aire denso.
Bajaron las escaleras de piedra. El sonido de los tacones de Isabella y las botas de Salvatore creaba un ritmo macabro que hacía que Rebeca, encadenada en su silla, se tensara. Al abrir la pesada puerta de hierro, la luz del