El aire dentro del quirófano uno estaba saturado de un olor que Isabella Moretti conocía demasiado bien: el aroma ferroso, dulzón y pesado de la sangre caliente. Pero esta vez no era la sangre de un enemigo bajo su cuchillo de tortura; era la de Alessandra. El sonido del monitor cardíaco era un "bip" errático, un pulso débil que recordaba a un pájaro herido aleteando contra un cristal.
— ¡Bisturí! ¡Más gasas! —gritó Isabella. El sudor le resbalaba por la nuca, una gota fría que contrastaba con