El caos en el patio central de la fortaleza era ensordecedor. Salvatore se movía con una furia mecánica. Con una cuerda táctica, amarró a Rebeca de pies y manos, ajustando los nudos con una fuerza que hizo crujir sus huesos. Rebeca, lejos de mostrar miedo, comenzó a reír a carcajadas, una risa histérica y rota que recordaba la demencia más pura.
—¡La maté, Salvatore! ¡Mira cómo se apaga! ¡La gran Moretti es solo un charco de sangre! —gritaba Rebeca, retorciéndose en el suelo como una serpiente