El aterrizaje del helicóptero médico sobre la plataforma del hospital privado en Sicilia no fue un descenso, fue un impacto contra la realidad más cruda. El rugido de las turbinas era un aullido que competía con el vendaval que azotaba la estructura de cristal y acero. Antes de que los patines de la aeronave se estabilizaran sobre el concreto, Salvatore ya estaba fuera.
El viento le golpeaba el rostro, pero él no sentía el frío, solo el calor pegajoso de la sangre de Alessandra que comenzaba a