La fortaleza de piedra blanca en la isla jónica se había convertido en una ratonera de lujo. Salvatore y Alessandra se movían a través de los pasillos exteriores como dos espectros de la muerte, aprovechando la oscuridad que solo los equipos tácticos rusos podían dominar. El silencio de la noche se veía interrumpido únicamente por el siseo amortiguado de los rifles y el sordo impacto de los cuerpos de los guardias de los Vitale cayendo contra el suelo de mármol.
Salvatore no sentía el peso del