Mientras en Sicilia el sol comenzaba a teñir de sangre el horizonte, en la fortaleza de piedra blanca frente al mar Jónico, el aire estaba viciado por la crueldad. En el sótano de la propiedad, un espacio frío y húmedo que olía a salitre y desesperación, Gabrielle estaba encadenado a una silla de madera. Sus ojos grises, herencia directa de los Lombardi, no mostraban derrota, sino un desafío silencioso que enfurecía a sus captores.
Rebeca caminaba de un lado a otro, con una mano presionando el