El amanecer en Sicilia no trajo consuelo, sino una claridad cruel que desnudaba las heridas de la noche anterior. Salvatore se despertó con el peso de la pequeña Gabriela aún dormida sobre su pecho, una pequeña isla de paz en medio de su océano de furia. Con una lentitud agónica, se zafó del agarre de las sábanas, depositando a la bebé en la cuna con una delicadeza que contrastaba con la violencia que aún vibraba en sus músculos.
Se quedó un momento observando a Alessandra, quien dormía con el