El aire en el despacho de Salvatore estaba viciado por el humo de un cigarro que se consumía lentamente en el cenicero de cristal y el aroma punzante del whisky. El brazo izquierdo le latía con una furia rítmica, un recordatorio constante de que el metal había violado su carne. Sin embargo, lo que más le dolía no era la herida física, sino el sabor agrio de la duda.
Thiago estaba sentado frente a la hilera de monitores, con los ojos inyectados en sangre tras horas de revisar las grabaciones del