La madrugada en Sicilia no era oscura; era de un violeta denso y asfixiante que parecía pesar sobre los tejados de Palermo. El silencio en el hotel de lujo donde se refugiaba Alessandra era una mentira, una calma de cristal a punto de estallar. Cuando el primer golpe seco resonó contra la madera noble de la puerta de la suite, Alessandra sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado.
Ella conocía ese ritmo. Tres golpes pesados, autoritarios, que no pedían permiso, sin