El motor del deportivo rugió por la carretera costera, pero Salvatore no se dirigía a la villa. Su mente, nublada por el rastro del sexo sin alma y el alcohol, solo tenía un destino. Thiago, sentado en el asiento del copiloto, lo observaba con una mezcla de cansancio y temor.
—¿Qué demonios harás ahora, Salvatore? —preguntó Thiago cuando vio que giraban hacia el sector de los hoteles—. Ya es de madrugada.
—Voy a ver a mi mujer antes de irme con mis hijos —respondió Salvatore, apretando el volan