El alba se filtraba por las pesadas cortinas de seda de la habitación principal, pero en el mundo de Salvatore Lombardi, la luz siempre era una intrusa. El Don despertó con la precisión de un reloj suizo, sin rastro de sueño en sus ojos grises. Se dirigió al baño, dejando que el agua casi helada golpeara su cuerpo, lavando los restos de una noche de excesos que no habían logrado silenciar el eco de la voz de Alessandra.
Salió envuelto en vapor y comenzó su ritual de armadura. No era solo ropa;