Salvatore salió de la mansión como un demonio expulsado del mismo infierno. El ardor de la cachetada de Alessandra todavía pulsaba en su mejilla, pero era el fuego en su pecho lo que dictaba sus movimientos. No dio explicaciones. Ignoró los gritos de los sirvientes y la mirada inquisidora de Thiago, quien lo vio mientras entraba al vestíbulo con los ojos inyectados en sangre.
—¡Thiago, al auto! ¡Ahora! —rugió Salvatore mientras subía a la camioneta blindada que esperaba en la entrada.
Thiago no