La noche en la villa Lombardi se asentó con la pesadez de una mortaja. Cuando Salvatore regresó del resort, el olor a pólvora todavía parecía emanar de sus poros. Entró al comedor donde la cena ya estaba servida, pero el ambiente era gélido. Nadie hablaba. El tintineo de los cubiertos era el único sonido que rompía el silencio sepulcral. Salvatore ni siquiera miró a Alessandra; se limitó a comer con una fijeza aterradora, mientras Antonio lo observaba con una mezcla de reproche y resignación.
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