Cuando las puertas de roble se cerraron finalmente y los últimos vehículos de los "invitados" se perdieron en la distancia del desierto, un silencio sepulcral descendió sobre la mansión. Ya no había necesidad de sollozos coreografiados ni de oraciones en latín. El aire, sin embargo, seguía viciado por el olor dulzón de los lirios, una fragancia que se pegaba a la garganta como una advertencia.
Isabella subió las escaleras con paso lento, sintiendo el peso de cada centímetro de su cuerpo. El ves