La atmósfera en el gran salón no solo era pesada; era irrespirable. El aire acondicionado, ajustado a una temperatura casi glacial para preservar la farsa, no lograba disipar el hedor asfixiante de miles de lirios blancos y calas que abarrotaban cada rincón disponible. Era un olor dulce, penetrante y corrupto: el aroma de la despedida que se filtraba en los pulmones de todos los presentes como una bruma de desesperación.
La luz vacilante de cientos de cirios de cera virgen iluminaba la estancia